Desde que era niño siempre me preguntaba el porque de tantas cosas extrañas que veía en torno a algunas religiones, y específicamente en la católica, sobre todo por el hecho de que los lideres de la Burguesía Venezolana son en su totalidad católicos y nunca cambian su ideología dogmática, no es esto una mera casualidad. Como lo manifestaba Alí Primera en su canción No Basta Rezar: "Y rezan de corazón y rezan de buena fe pero también reza el piloto cuando monta en el avión, para ir a bombardear a los niños del Vietnam". La burguesía aborda permanentemente el avión de la esperanza de los fieles para manipular y continuar su influencia hegemónica sobre un pueblo manso y humilde.
Con las canciones de Alí entendí mucho de las razones por las que siempre el establishment utiliza esta y otras religiones para dar a conocer al mundo su poder, a través de faustosas bodas y misas llenas de discursos dirigidos a la psiquis del hombre noble y temeroso de Dios, manteniéndolo sumiso y pacifico, al igual que en tiempos coloniales, cuando los conquistadores utilizaron una cruz inmensa bajo el nombre hipócrita de "Conquista Pacifica", y asesinaron y torturaron a todos aquellos nativos que no se arrodillaron ante la ella.
Con esto no estoy diciendo que Dios le ha dado la espalda a los creyentes del catolicismo, pues claro está para los teólogos, que con la muerte de Jesús en la cruz se ha redimido la inocencia. Aún así para nadie es un secreto que vivimos un período de transición y que la burguesía que antes representaba una visión racional del mundo, se esta convirtiendo en extemporánea y lo racional que emanaba de ella, está en vías de ser sólo un vago recuerdo.
En la época de la degeneración senil del capitalismo, los procesos anteriores de igualdad se han vuelto lo contrario a lo que eran. En palabras de Hegel, "la Razón se vuelve Sinrazón". Es verdad que en los países industrializados la religión "oficial" está moribunda. Las iglesias están vacías y cada vez más en crisis. En su lugar, vemos una auténtica "plaga egipcia" de sectas religiosas peculiares acompañadas por un florecimiento del misticismo y de todo tipo de supersticiones. En nuestro país los evangelicos, los santeros, los Testigos de Jehova y otras sectas religiosas han distorsionado la historia.
Este fenómeno no se limita a Venezuela. En los EE.UU esta crisis ha causado estragos, tanto que la CIA para poder competir con los evangélicos a nivel intelectual y económico crearon a Los Testigos de Jehova. Estas batallas tangibles causan estragos y desorientación en la población mundial, por eso vimos atónitos la masacre de Waco y después el suicidio colectivo de otro grupo de fanáticos religiosos en Suiza. En otros países occidentales se observa una proliferación incontrolada de sectas religiosas, supersticiones, astrología y un sinfín de tendencias irracionales. En Francia hay, aproximadamente, 36.000 sacerdotes católicos y más de 40.000 astrólogos profesionales que declaran sus ingresos a hacienda. Hasta hace poco, Japón parecía ser una excepción a la regla. William Rees-Mogg, ex editor del Times de Londres y archiconservador, en su último libro The Great Reckoning (El gran ajuste de cuentas) escribe:
"El resurgimiento de la religión es algo que se da en todo el mundo a distintos niveles. Japón puede ser una excepción, quizás porque el orden social ahí aún no ha dado muestras de romperse…".
Rees-Mogg habló demasiado pronto. Dos años después de escribir estas palabras, el espeluznante ataque de gas en el metro de Tokio llamó la atención del mundo sobre la existencia de grupos nutridos de fanáticos religiosos incluso en Japón, donde la crisis económica ha puesto fin al largo período de pleno empleo y estabilidad social. Todos estos fenómenos guardan un paralelismo muy llamativo con lo ocurrido en la época de declive del Imperio Romano y lo que los estudiosos de la historia aseguran y saben que estos fenómenos aparecen para anunciar la muerte de una hegemonía mundial. Que nadie se manifieste en contra de semejantes cosas están confinadas a sectores marginales de la sociedad.
El sentido universal de desorientación y pesimismo encuentra su reflejo en muchos sentidos que no son estrictamente políticos. Esta irracionalidad general no es ningún accidente. Es el reflejo psicológico de un mundo donde el destino de la humanidad está dominado por fuerzas terroríficas y, aparentemente, invisibles. Contemplemos el pánico que cunde repentinamente en la bolsa de valores; hombres y mujeres "respetables" se echan a correr ciegamente como hormigas cuando les rompen el hormiguero. Estos espasmos periódicos, parecidos al pánico de una estampida, son una ilustración gráfica de la anarquía del capitalismo. Y esto es lo que determina la vida de millones de personas. Vivimos en una sociedad en declive. La decadencia es evidente por todas partes. Los reaccionarios conservadores se lamentan de la desintegración de la familia y la epidemia de droga, violencia sin sentido, crímenes y demás. Su única respuesta es la intensificación de la represión estatal —más policía, más cárceles, castigos más brutales e, incluso, la investigación genética de supuestos "tipos criminales"—. Lo que no pueden o no quieren ver es que estos fenómenos son los síntomas del callejón sin salida del sistema social que ellos representan.
Estos son los defensores de las "fuerzas del mercado", las mismas fuerzas irracionales que actualmente condenan a millones de personas al desempleo. Son los profetas de la política económica del monetarismo, bien definida por John Galbraith como la teoría que afirma que los pobres tienen demasiado dinero y los ricos demasiado poco. La "moralidad" reinante es la del mercado, es decir, la moralidad de la selva. La riqueza de la sociedad se concentra en cada vez menos manos, a pesar de toda la demagogia barata de una "democracia de propietarios". Se supone que vivimos en una democracia socialista. No obstante todavía, un puñado de grandes bancos, monopolios y especuladores (por lo general la misma gente) decide el destino de millones. Esta pequeña minoría aún posee medios poderosos para manipular a la opinión pública. Disponen del monopolio de los medios de comunicación —la prensa, la radio y la televisión— y de una policía espiritual — la Iglesia, que durante generaciones ha enseñado a la gente pobre a buscar la salvación en otro mundo, por que en este ya no pueden obtener ni un palmo de felicidad—.

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